26 may. 2013

David Voloj reseña "Falso contacto" y "Modos de asedio" para La Voz del interior



El enigma de la identidad
Reseña sobre Falso contacto y Modos de asedio de Ana Ojeda

por David Voloj


Estructurada en actos y escenas como una farsa atravesada por el dolor, Falso contacto, la última novela de Ana Ojeda, dibuja el mapa genético de dos familias de inmigrantes europeos (y sus descendientes y descendientes) que busca arraigar en una Argentina contradictoria. Guiados por la inercia y sumidos en un mundo hostil, los personajes atraviesan casi cien años de historia, desde principios de siglo XX hasta la crisis de 2001, consumiéndose entre la esperanza, el trabajo, la fe y el fracaso.
Tras un enigmático prólogo enmarcado en 1983 y la vuelta de la democracia, el relato se proyecta hacia el pasado para narrar fragmentos de la vida de Uma, una criada que hace la limpieza en un concurrido prostíbulo del sur de Buenos Aires. Explotada hasta el límite de sus fuerzas, Uma llama la atención cuando queda embarazada y, entonces, es obligada a prostituirse. Este primer capítulo opera como pieza clave del rompecabezas genealógico y concluye cuando Uma da a luz a su hijo para, acto seguido, limpiar todo y subir al escenario, en una vívida descripción que recuerda las páginas más crudas de la literatura argentina –la violación de El matadero de Echeverría, las vejaciones de La sierva de Andrés Rivera, la tortura en Dos veces junio, de Martín Kohan.
Desde entonces, la novela se abre a una laberíntica trama marcada por la tristeza. Odiseo, compadrito irreverente y anárquico, no encontrará rumbo en los arrabales porteños. Los Porter consumirán el tiempo en sacar adelante una librería, imprenta y cigarrería por donde pasarán Roberto Arlt y César Tiempo. Genovefa sufrirá por amor y quedará inmortalizada en un retrato en sepia. Quimey, una fracasada artista plástica, será ocupa de la vieja casona donde viviera su abuela. Y Nacho, el último Porter, optará por desentenderse de su origen como “una manera de entender el mundo”.
Pero el vínculo con el pasado late en las respuestas que se intuyen o se anhelan. Como le sucede a Quimey antes de ser desalojada, el encuentro con una imagen desgastada por los años se convertirá en “la foto de la enigmática mujer que le hubiera gustado ser a ella en un pasado hipotético.”
Falso contacto combina diferentes tradiciones literarias. Un relato intimista y cargado de erotismo se articula con la crítica social; el realismo costumbrista se entrelaza con la novela de iniciación y, por qué no, con una historia cuasi policial donde los crímenes son pequeñas traiciones domésticas y el enigma es, en definitiva, la propia identidad.
El lenguaje de Ana Ojeda invita a explorar en su obra, que se inicia con la publicación de la novela Modos de asedio, en 2007. Ya aquí la autora pone en juego algunas técnicas narrativas con las cuales logra mantener la atención del lector: la ruptura en la linealidad de la trama, las constantes fluctuaciones temporales, el problema de la identidad, la desaparición de nombres que luego reaparecen, la dificultad de saber a priori quién es quién y cuál es el lazo que une a los personajes.
Ahora bien, si Falso contacto se construye en torno a las heridas pasadas, Modos de asedio se inicia luego de las elecciones de 2003 con una perspectiva renovada. Aquí, el eje que articula la historia es el deseo ciego de un grupo de jóvenes por redoblar la apuesta y afirmarse en un lugar propio. De allí que ambas novelas puedan leerse como parte de un mismo proyecto: la falta de certezas con la que termina Falso contacto da lugar a la celebración del amor y la amistad, esos “asombros estupefactos” –en palabras de Ojeda- que marcaban el ritmo de Modos de asedio


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