30 nov. 2013

Reflexiones sobre la traducción


Hastío de París
Poemitas en prosa

Charles Baudelaire 
(Trad. Ana Ojeda)


A Arsène Houssaye

Mi querido, te estoy mandando una obrita de la cual no podría decirse, sin injusticia, que carece de pies y cabeza, porque todo en ella es a la vez pie y cabeza, alternativa y recíprocamente. Te pido que consideres por un momento la comodidad inigualable que este hecho nos ofrece a todos: a vos, a mí y al lector. Permite la interrupción en cualquier momento y lugar, yo de mi ensoñación, vos del manuscrito, el lector de su lectura; porque no suspendo la voluntad reacia de este último al cabo de una –interminable– intriga banal. Sacale una vértebra y los dos trozos de esta tortuosa fantasía se juntan sin ninguna dificultad. Tronchale un par de fragmentos y vas a ver que cada uno puede existir de manera independiente. Ojalá algunos de estos tramos resulten lo suficientemente vivos para gustarte y divertirte; con la esperanza de que así sea, me atrevo a dedicarte esta serpiente en su totalidad.
Te confieso alguito. Hojeando por vigésima vez, al menos, el famoso Gaspar de la noche, de Aloysius Bertrand (porque un libro que conocés, que conozco, que conocen algunos de nuestros amigos, ¿no merece –en efecto– ser tildado de “famoso”?), me asaltó la idea de intentar algo parecido y aplicar a la descripción de la vida moderna, o más bien, de una vida moderna y más abstracta, el mismo procedimiento que él usó para retratar la vida pasada, tan extraña y pintoresca.
¿Quién no soñó, un día ambicioso, con el milagro de una prosa poética, musical sin ritmo ni rima, tan leve y fragmentaria como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, al oleaje de la ensoñación, a los sobresaltos de la conciencia?
Éste es un ideal que nace sobre todo de la vida en ciudades enormes, en sus innumerables relaciones. Vos mismo, querido, ¿no trataste de plasmar en una canción el grito estridente del Vidriero y de expresar en una prosa lírica toda la sugerente desolación que ese grito cuela en las buhardillas, a través de las brumas más altas de la calle?
Pero, para serte franco, creo que los celos no me dieron resultado. Tan pronto como comencé a trabajar, comprendí no sólo lo lejos que estaba de mi misterioso y brillante modelo; además me di cuenta que estaba haciendo algo (si es que puedo llamarlo así) singularmente diferente, accidente del que cualquiera se enorgullecería, sin duda, pero que humilla –profundamente– a un espíritu como el mío, que tiene por el honor más alto de un poeta la realización exacta de lo que se ha propuesto.

Tu afectuoso,

C. B.

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